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Live Review: Opeth en Chile


Luego de años de rumores y amagues de visita al país, algunos hasta con venta de entradas incluida, la banda liderada por Mikael Åkerfeldt tocó al fin en territorio nacional y se presentó la noche del sábado pasado en un repleto Teatro Caupolicán. Dos horas de música, pasión y humor satisficieron a las más de cuatro mil personas que vivieron la velada, dejando felices tanto a los nostálgicos como a los nuevos fanáticos, tanto a los melosos como a los más extremos.

La noche del sábado 4 de abril será difícil de olvidar para los miles de fanáticos que participaron de la noche debut de Opeth en Chile. La banda presentó un show sólido, impecable y con improvisaciones que no se vieron en otras paradas del tour sudamericano. ¿La razón? La cálida respuesta del público criollo que coreó y gozó cada uno de los temas, sorprendiendo a los suecos de principio a fin.

Los encargados de preparar a la gente para el carnaval que vendría fueron los alternativos/progresivos Manatarms, banda que hasta esa noche ni Santa Isabel conocía. El quinteto santiaguino comenzó extrañamente puntual, a las 20hrs., demostrando de inmediato que su rock progresivo alternativo es tan sólo un eufemismo que busca universalizar que sus máximos referentes son Tool y A Perfect Circle. La banda se mostró sólida en sonido y aunque el público en su mayoría no los acompañó, no se complicaron y terminaron su presentación tras la media hora acordada. El punto alto de Manatarms fue su pericia instrumental, que brindó un sonido impecable; el bajo, su magro desempeño como espectáculo: el vocalista nunca buscó al público, sino que se dedicó a darle el perfil a éste y actuar como que se dirigiese a alguien que nunca estuvo ahí.

A las 20:30 los teloneros acabaron su show y hubo lugar para las nunca bien ponderadas últimas pruebas de sonido, las que sorpresivamente duraron el tiempo presupuestado. RARO.

A las 21hrs —con un margen de error de tres minutos— Mikael Åkerfeldt y compañía comenzaron a cumplir los sueños de miles de chilenos que soñaron por años con verlos en un escenario nacional. Con la introducción de guitarra acústica usada en su DVD Lamentations, Opeth hizo su entrada triunfal y al cabo de un momento cada uno tomó su arma y dio rienda suelta a Heir Apparent, corte más brutal de su último trabajo Watershed. El público se volvió loco, volaron las personas, se agitaron todas las melenas —revelando un sorpresivo aroma a Pantene— y comenzó la fiesta. Un telón posterior con una “O” verdosa floreada de Opeth en fondo negro fue todo lo necesario como escenografía, haciendo las luces el resto del trabajo visual. Todo perfecto, a excepción de los problemas de sonido, cosa claramente evidenciada por la pausa que Mikael dedicó a afinar su guitarra.

Tras cerca de diez minutos de canción, vino Ghost Of Perdition, tema que inaugura la placa del año 2005 Ghost Reveries. Si alguna vez alguien dudó de la capacidad de Åkerfeldt de jugar con distintos registros vocales y pensó que se trataba de un truco, cualquier persona presente anoche podría dar fe de que el artista es ciento por ciento natural y profesional. A estas alturas ya era posible escuchar al Teatro Caupolicán cantando a todo pulmón, lo que sacó palabras en español al líder de Opeth una vez terminada la canción. “¡¿Qué pasa, Santiago?!” gritó Mikael, con su acento nórdico. La histeria del público no se hizo esperar y la intensidad fue tanta que obligó al músico a ahondar en los clichés y contar que el concierto en Chile era ya el mejor que habían dado nunca, que las localidades estaban completamente vendidas, que la euforia chilena le daba escalofríos y que con semejante apoyo se sentía algo así como un súper héroe. A pesar de que las palabras pudieron ser sinceras, sólo faltó decir “…and if I ever have a son, I’ll name him Chile” para convertir el momento en antología.

Godhead’s Lament, segundo corte de su aclamado disco Still Life, continuó la senda. Los problemas técnicos en el sonido aquí ya habían desaparecido. El canto de la multitud enardeció a los músicos, los que a su vez los utilizaron como instrumentos humanos, haciéndolos moverse y cabecear a todos al mismo compás. Los casi diez minutos de duración de Godhead’s Lament se transformaron en un instante que vino a confirmar el gran momento por el que pasa la banda sueca. Tras el tema, Mikael recibió un gorro de lana altiplánico por parte de un seguidor, el que sin ningún problema usó, causando la risa desatada del público criollo. Pero a pesar del ambiente lúdico, no hubo dudas de que el siguiente corte a tocar iba a ser uno potente: The Leper Affinity, puntapié inicial del que es tal vez el disco más aclamado de Opeth, Blackwater Park. Ver el Caupolicán repleto de manos levantadas y cabezas blandiéndose al ritmo de los cuatro cuartos, los seis octavos y luego de los siete octavos es algo que para los presentes jamás tendrá precio, una afinidad difícil de olvidar.

Si hay alguien que sabe echarse el mundo al bolsillo en la industria metalera mundial, ése es Åkerfeldt. Tras tanto canto, confesó que desearía volver a 1985 y ser Bon Jovi para poder hacer al público chileno gozar Livin’ On A Prayer. Tiempo luego pidió encendedores y cantar muy alto lo que vendría. La escena resultante fue preciosa: cientos de manos en alto con encendedores, celulares y cámaras fotográficas, moviéndose en una ola de luciérnagas digitales, dando paso a Credence, emotivo séptimo corte del ya clásico My Arms, Your Hearse. ¿Alguna duda del compromiso del teatro para con la banda? A estas alturas y con semejantes coros, ¡ninguna!

Tras la vuelta a los clásicos, Opeth retomó el disco de la gira y ejecutó el más largo y complejo —quizá también mejor— tema de Watershed: Hessian Peel. El corte sintetiza todo lo que es la banda: sofisticación, pasión, contraste, estética, fuerza y brutalidad. Éste fue uno de los grandes momentos de una noche sin bajas. Luego de Hessian Peel, Mikael Åkerfeldt comenzó a payasear con la guitarra; tocó y cantó una canción cursi y pop cuya letra estaba llena de “thank you”, pero que fue imposible de reconocer. Pero a pesar de la fuerte risa provocada, se oyeron rápidamente los pimeros acordes y línea vocal de Closure, tema acústico perteneciente al disco Damnation. Los suecos ejecutaron una versión extendida, altamente modificada y polarizada: las secciones suaves se ejecutaron aún más piano y el final fue totalmente metalizado. Con tal cambio, ni el pattern de reggaetón en la batería se notó. Los ánimos encendidos y la alta euforia del público emocionaron a Åkerfeldt hasta el punto de clamar, tras un rato, “shut the fuck up”. Tras el silencio, el músico siguió jugando con el público e introdujo lo que sería la única canción de Morningrise incluida en la noche: The Night And The Silent Water.

El momento siguiente fue el que marcó la diferencia entre Chile y el resto de América Latina, probablemente. The Drapery Falls, de Blackwater Park, fue cantada más por el público que por el artista, lo que lo obligó a parar por un instante y jugar con la guitarra, para hacer cantar a todo el Teatro Caupolicán con Harvest, del mismo disco. Un par de estrofas y la banda no lo podía creer: “¿qué comen estos chilenos que son tan apasionados?”, debieron pensar. Entonces asomó una bandera nacional al escenario, con el logo de Opeth estampado en el cuadro blanco, la que envolvió a Åkerfeldt y emocionó a los miles de presentes. El bajista uruguayo Martín Méndez aprovechó la ocasión para comunicarse con la multitud con su perfecto español, hecho que levantó aún más los ánimos de los fanáticos. Hubiese sido perfecto para él de no haber sido porque Mikael terminó haciendo al teatro gritar “fucking Martín Méndez”.

The Lotus Eater, de Watershed, cerraría el show; uno de los temas más progresivos y pesados hechos por Opeth. El público llegó al límite del compromiso con la causa saltar y cantar a más no poder, dejando la vara muy alta para cualquier manifestación posterior. Pero claramente habría un encore… ¡y qué encore!

Al volver la banda, la presentación de los protagonistas tuvo lugar. Primero el monstruo de Uruguay, Martín Méndez; luego el elfo destructor de bombos, Martin “Ax” Axenrot; después el mago de los ambientes y el hammond de Opeth, Per Wiberg; para terminar con unos solos increíbles de Fredrik Åkesson. Obviamente Mikael Åkerfeldt se mencionó a sí mismo al final y como siempre, lo hizo usando un nombre inventado e incomprensible en vez del suyo propio. También hizo el último contacto con el público, pidiendo algo realmente idiota: headbanging sin música. De las personas que obedecieron, el ganador fue un fanático en el palco frontal, nombrado por Mikael como “the fucking king of headbanging”.

Para terminar, Deliverance, uno de los temas más progresivos, largos, brutales y famosos de Opeth. Sabiendo que el show se acabaría tras el corte, nadie guardó compostura ni dejó energías para otro día: Deliverance era ahora y el resto de la vida, tan sólo una realidad distante. Ejecución perfecta, sincronía con el público fervoroso, entrega a los dioses paganos de la música y el metal, todo mezclado en una orgía masiva de sudor, canto y pasión.

Tras el show, la gente se retiró ordenadamente y de forma muy tranquila, no se presentaron disturbios y lo más pintoresco fue la imagen tras los conciertos importantes: ver vacío aquel lugar que hace pocos minutos fue el hogar de los sueños de miles de personas.

En resumidas cuentas y mirando las cosas con la mayor claridad posible —dentro de la parcialidad de la percepción humana—, Opeth demostró que valieron la pena la espera de años, la apuesta de pagar una entrada cara, el fervor y locura desatados en la cancha. Prometieron volver y así como les respondió Chile, no será tarea difícil.

El Set-List que tocaron fue el siguiente:

1. Heir Apparent
2. Ghost Of Perdition
3. Godhead’s Lament
4. The Leper Affinity
5. Credence
6. Hessian Peel
7. Closure
8. The Night And The Silent Water
9. The Drapery Falls / Harvest
10. The Lotus Eater
11. Deliverance

Review hecha por: Fabián Nuñez Acevedo
Imágenes: Ignacio Orrego